Siete balazos “fachos” no matan un viejo periodista
Periodista invitado: Ted Córdova-Claure
A comienzos de mayo, sin una queja, como un personaje de Hemigway, el periodista Ted Córdova-Claure anunció que se preparaba para morir en cualquier momento, desgastado, más que por los años, por las heridas que recibió en 1971 en el episodio que cuenta en esta nota, y la enfermedad. Como uno de sus primeros amigos chilenos –nos conocimos hace medio siglo, en la entonces flamante Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile- creo que este es el mejor homenaje a este querido y respetado colega.
A.S.
"Abajo el Comunismo!.. Viva la Virgen María... Carajo.." Desde mi cama en el tercer piso de la clínica Boston de La Paz, Bolivia, escuchaba esas voces aguardentosas. Después, el chirrido de vehículos en virtual estampida. Luego sabría que se trataba de bandas paramilitares traídas desde Santa Cruz que iban a dejar sus heridos de los combates esporádicos.
Hubo 500 muertos esa noche de agosto de 1971, cuando un grupo de militares descontentos, ambiciosos y fácilmente manipulables, característica fundamental de los militares de republiquetas pobres de centro y suramericanas, y muy particularmente de Bolivia, donde los militares históricamente han perdido todas las guerras patrias y han ganado todas las masacres en la trágica historia de esa pobre nación que, sin embargo, hace ya siglo y medio que palpita en el corazón de Sudamérica.
Ese 21 de agosto, la mayoría de los muertos serían soldados rasos y civiles desconocidos, ingenuamente voluntariosos. Miembros del gobierno de Juan José Torres esperaban que una vez que el regimiento presidencial Colorados, al mando del leal mayor Sánchez, se desplazaría hacia el cuartel Miraflores, aplastaría a los insurrectos atrincherados allí. Pero eso jamás ocurrió. A las 8 de la Noche, en medio del intenso tiroteo, me acerqué imprudentemente hacia el palacio Quemado, el palacio de gobierno en Bolivia -nunca un nombre tan bien puesto. Pero el entonces jefe de seguridad, el capitán Luis Osinaga, en la puerta me informó que el general Torres se había ido a la embajada del Perú con todos sus "colaboradores", y enfatizó estas palabras con bien entonado sentido irónico, "se han ido a buscar asilo".
"Yo estoy aquí para entregar al palacio a los blindados del regimiento Tarapacá, que ya vienen. Váyase nomás, señor Córdova", me gritó. Y yo, más que obediente, maniobré el jeep Wyllis Commander y me di vuelta, en la céntrica plaza Murillo. Justo en ese momento, por la vecina calle Comercio alumbraban los reflectores de los blindados de fabricación brasileña, que zumbaban sus motores en rápida carrera al palacio, sin encontrar resistencia para consumar otro golpe militar, el golpe número ciento y tantos, es decir ciento y tantas traiciones -porque no hay conspiración sin traición- en la postergada Bolivia, cuya historia, por lo tanto, resulta una historia de traidores.
¿Y, que hacia yo allí? Era el director de la Televisión Boliviana y también del periódico del gobierno, "El Nacional". Pero lo que privó en ese momento no fue tanto mi condición de funcionario del gobierno que se estaba cayendo estrepitosamente, sino mi maldita adicción por la noticia. Era una confirmación, como decían los viejos periodistas, de que en las venas no corría sangre, sino tinta de imprenta. Fuera de mis trabajos como periodista oficialista, en esa época también era corresponsal de medios de otros países, de modo que mi instinto me orientaba a averiguar qué estaba pasando, mientras rumiaba sobre formas de escribir esa historia. Pero debía librarme de ese jeep, muy conocido como vehículo del gobierno, y por lo tanto, blanco fácil para las bandas de muchachos asaltantes de la falange y otros grupitos paramilitares que en Bolivia han abundado, como patética expresión del subdesarrollo político del país y de la mentalidad envidiosa y traicionera de sus protagonistas en la lucha por el poder... Y además necesitaba encontrar un lugar seguro donde establecer mi base de operaciones.
De pronto, en una oscurísima calle, justo frente a una curiosa casa, la del gran pintor Guzmán de Rojas que se había suicidado unos años antes, tronó el ratatat de una ametralladora. Siempre me han preguntado que se siente cuando las balas hacen impacto en el cuerpo de uno. No es un gran, estridente dolor. Se siente -por lo menos en el calibre que me tocó-, como si uno estuviera siendo pinchado por muchas agujitas calientes... Eso era lo que yo sentía en el brazo derecho y en las piernas, de modo que instintivamente me agache y me hice un ovillo, debajo del volante. Una segunda ráfaga raspó mi espalda. Si hubiera estado erguido, me atravesaban el pecho a la altura del corazón.
Tendido en el asiento, vi como un muchacho abría la puerta y me alumbraba a la cara. "Pero si es el director de la televisión!", gritó en ese momento. Y escuché otro grito, de voz familiar que venia corriendo a comprobar y gritaba: "Teddy, hermanito, esto te pasa por comunista!!". Era un "amigo" de la infancia, Fernando Monrroy, alias "el mosca", quien se había hecho famoso como guardaespaldas de políticos falangistas y, por lo tanto, integrante de sus bandas de matones. Efectivamente, nos conocíamos desde la infancia y desde muy joven el mosca mostraba afición por las armas e inclinación a la violencia. Era un matón innato, que cuando se enojaba pateaba puertas y paredes para descargar su rabia. Esa noche andaba buscando asaltar las casas de políticos caídos, para saquear los bienes y cobrar botines, proceso típico en los golpes militares bolivianos. Detrás del asalto al poder, llegaban los seguidores y guardaespaldas, buscando un botín o algún beneficio; o también liquidar a algún enemigo impunemente. Años después, el mosca se puso en la mira de la embajada estadounidense, a raíz de haberse descubierto un complot para asesinar al embajador Edwin Corr y, a la vez se involucró con una banda de narcotraficantes de Santa Cruz. Hasta que un día apareció su cadáver. Se dijo que había muerto de un tiro jugando ruleta rusa, pero el cuerpo tenia como 40 balazos...
Esa noche del 21 de agosto de 1971 no había podido quedarme tranquilo con una sonora noticia en mis narices, y no mandarla a donde sabía que estarían esperando oír de mí. Por ejemplo, la revista "Panorama" de Buenos Aires, que solo alcanzó a publicar un breve despacho del irresponsable periodista Augusto Montesinos, quien informaba que yo había muerto. O el prestigioso semanario "Marcha" de Uruguay. Fue mientras rumiaba sobre formas de escribir esa historia que llegué al momento de la crisis. Retumbaron los disparos en la oscuridad, todas las casas tenían sus luces apagadas. En todo caso, con apoyo del propio mosca -y hasta hoy he supuesto que me ayudó como gesto inicial de arrepentimiento- pude llegar hasta una casa de la vecindad. Abrió la puerta de su casa un caballero de origen alemán, que me hizo pasar hasta un sillón, prácticamente arrastrando cabeza abajo, así que note que gotas de mi sangre caían sobre una elegante alfombra. Desde esa casa pude contactarme con José Montero, Gerente de "El Nacional" de La Paz, quien vino a buscarme en una ambulancia. Y de allí, a la clínica Boston.
Los gritos aguardentosos invocando a la Virgen María y maldiciendo al comunismo se repitieron hasta la madrugada. En la mañana aún se escuchaban muchos disparos, pero aún así varias personas habían llegado hasta la clínica para visitarme. Yo sentía un alivio extraordinario, que me llevó por los cielos, no por las santísimas invocaciones de los matones ebrios traídos de otra ciudad para terminar de cumplir el trabajo sucio, sino por una explicación que me dio el valiente medico que me extrajo seis balas -todavía llevo otra en el muslo, que envuelta en un capullo defensivo de mi propia materia interna, seguramente quedará allí hasta que yo muera-. "Te puse un poco de morfinita, para quitarte las balas", me dijo el Dr. Ossio -para mi el insólito ángel protector de aquel momento. "Mañana sentirás un poquito de dolor, pero has tenido suerte. No tienes ningún órgano vital afectado. Eres fuerte y se ve que alguien te protege desde arriba", terminó el discurso tranquilizador del médico. Y, en mi petulante agnosticismo, hice una concesión y, por primera vez, creí en Dios.
Todavía se escuchaban disparos aislados e incluso, alternadamente, el ratateo de una ametralladora. Era fines de agosto de 1971 y yo había caído herido de siete balazos. Felizmente, parodiando un corrido mexicano de los tiempos de Pancho Villa, "Fueron siete tiros... pero ninguno resultó mortal". Se trataba del golpe militar que derrocó al gobierno populista del general Juan José Torres e instaló la dictadura neofascista del coronel Hugo Banzer, quien se sentó en el sillón presidencial como resultado de una ridícula disputa por el poder entre varios generales y coroneles, que hasta un día antes eran de una conmovedora obsecuencia con el Presidente, un hombre de rostro bondadoso, gruesas cejas y gruesos bigotes que hacían juego con su inmensa y piadosa sonrisa. El "nuevo Tito", lo había calificado alguna prensa europea, exagerando desproporcionadamente la comparación histórica con el solo propósito de valorizar la cobertura del caso boliviano, ya que habían viajado hasta ese país, lejano para ellos.
El drama boliviano tenía otras facetas típicas de la historia surreal de una república inventada, al calor del entusiasmo por la victoria de los ejércitos del libertador venezolano Simón Bolívar por la seguidilla de batallas ganadas a los ejércitos de la lejana España estúpidamente colonialista. Como se ha repetido en la historia suramericana, la mayoría de los conspiradores eran traidores por naturaleza y se consideraban presidenciables. Así han surgido los Juan Perón, los Marcos Pérez, los Augusto Pinochet y el propio, pequeño, coronel Banzer. Se consideraban presidenciables. Finalmente, esa noche, vencida la escasa resistencia del gobierno populista, el coronel Banzer fue impuesto por dos partidos que estaban en la confabulación, la Falange Socialista y el Movimiento Nacionalista Revolucionario. Algunos de estos dirigentes pasados de vivos, creían que podrían manipular al pequeño coronel, pero él gobernó siete años y no necesitó ser manipulado para complacer los intereses de esos partidos y de sus amigos. De aquellos militares en disputa de entonces, ya nadie se acuerda. Al final fueron accidentes pasajeros en la historia boliviana. Dos de ellos, Selich y Zenteno Anaya murieron asesinados durante el período dictatorial de Banzer. Luego Banzer fundó un partido político y fue asimilando a la democracia. Ahora es otra vez presidente por la vía electoral, después de varias intentonas. Es un presidente civil, pero todavía le rondan ciertos fantasmas que tipificaron ese negro periodo del siglo veinte de la historia suramericana, tiempo de asesinatos, torturas y desaparecidos, tiempo que dejo heridas que no han cicatrizado y que equivale a un peso de conciencia en pueblos y hombres que los perseguirá hasta que se haga justicia.
El caso típico es Pinochet, un peso de conciencia también para posteriores mandatarios civiles y democráticos de Chile por haber permitido que se pasara por encima la consigna de "no habrá perdón ni olvido...". Pero hay quienes siguen invocando ese llamado, y eso certifica que la impunidad realmente no cicatriza los episodios infames de la historia. Por eso hasta el Papa y el Presidente de la nación más poderosa andan pidiendo disculpas por errores del pasado. Todos saben que mientras no se hace justicia, difícilmente se produce una renovación, ya sea en vida de pueblos, como de individuos. Repito que siempre me han preguntado qué se siente cuando uno recibe los impactos de bala. No quiero plantear una polémica, puesto que, en nuestros tiempos, son ya muchos los periodistas que han pasado por experiencias parecidas y los balazos no siempre se sienten igual. El verdadero dolor viene después, cuando han quedado los huesos rotos o el tejido muscular destrozado, o las vísceras perforadas.
Durante años dejé pasar esta experiencia como una anécdota en mi accidentada vida de periodista en 50 años. Pero en los últimos tiempos -y a medida que se consolida la democracia en todo el continente, y se revisan los expedientes de los mas poderosos dictadores, como el caso Pinochet, y se hace justicia en este mundo global, me di cuenta que mi caso no era solamente un incidente aislado y personal, sino un buen ejemplo, con suerte, de la lucha que hemos llevado adelante los periodistas en América Latina, por el bien de nuestros países, por nuestro continente y, en última instancia, pero no menos importante, en el marco de un esfuerzo por consolidar un mundo global que ya no admite injusticias ni impunidades de los que atentaron contra los derechos humanos.
TC-C.-Havelock, Estados Unidos, marzo 2000.
martes, 10 de mayo de 2011
Se fue como lo que era: un gran periodista
Fallece en EEUU periodista boliviano Ted Córdova Claure
El periodista boliviano Eduardo Ted Córdova Claure, uno de los más reputados en la esfera internacional, falleció el martes en Estados Unidos, a los 79 años, por causas naturales, confirmó a la ABI vía electrónica su hijo Martín Córdova.
En el día del periodista boliviano, la muerte emboscó a Ted Córdova 16 años después de sufrir un accidente vásculo cerebral en La Paz, donde dirigió los periódicos Ultima Hora y La Quinta en el primer lustro de la década de los años 90.
Nieto de emigrante británico avecindado en Bolivia en las primeras décadas del siglo XX, Córdova nació en marzo de 1932 en el distrito minero de Catavi.
En su juventud temprana vivió en propia piel la resistencia minera a los regímenes de facto en Bolivia, de donde partió para estudiar periodismo y economía en la Universidad de Chile, para cuya plantilla de la primera división de fútbol jugó en la década de los 50.
Políglota, al final de ese decenio embarcado ya en la aventura de su vida, el periodismo, fundó, junto al periodista argentino Jorge Ricardo Masseti y entre otros el colombiano Gabriel García Márquez la Agencia Prensa Latina, en 1959, para la que trabajó como corresponsal acreditado en Naciones Unidas.
En medio, trabajó para el diario argentino Opinión, una leyenda en el periodismo de ese país.
Antes de volver a Bolivia, Córdova escribió su primera novela Cita Tierra Coraje, en base de sus remembranzas del andino yacimiento minero de Catavi.
Córdova volvió Bolivia aprincipios de la década de los años 60 y al amanecer del decenio siguiente colaboró en el equipo de prensa del presidente Juan José Torres hasta el 21 de agosto de 1971, cuando el militar progresista fue derrocado en medio de un cruento golpe de Estado que encabezó su camarada Hugo Banzer.
Con heridas por bala en el cuerpo, Córdova alcanzó, junto a otros bolivianos perseguidos por sus ideas políticas, la Embajada de Venezuela en La Paz, cuyas autoridades le franquearon la salida de la entonces convulsa La Paz.
En Caracas, donde dirigió la sección internacional del diario Universal, echó raíces y procreó a dos de sus tres hijos, Eduardo, también periodista, y Martín, informático.
En Caracas escribió su primera obra periodística, Testigo de la Crisis sobre el comienzo de los 7 años del gobierno de mano de hierro de Banzer.
Su gusto por la buena mesa lo puso en el primer trance de su vida, una embolia que en el eclipse de la década de los 70 disparó su propensión a la presión arterial alta.
Tras recuperarse por completo de la enfermedad, escribió un libro atípico en un corresponsal de prensa internacional consumado, Adiós al Sibaritismo.
De vuelta otra vez en Bolivia, al principiar los 90, contactado por el empresario minero Mario Mercado Vaca Guzmán, dirigió el matutino Ultima Hora y fundó el vespertino La Quinta, un diario desenfadado que inauguró una nueva era en el periodismo boliviano que nadaba a contracorriente en las aguas de una sociedad pacata.
En La Paz no dejó de editar VIP, una cartilla de análisis de la política internacional, materia en la que se convirtió en experto.
Hacia setiembre de 1995, un ataque de presión arterial lo sorprendió en su casa de Ovejuyo, donde vivía con su esposa irlandesa Mary Boiland e hija Fionna, que este martes le vio morir.
Autor del mito periodístico la ?Venganza del Che?, o la suerte trágica que corrieron después del 8 de octubre de 1967 los que dieron muerte al comandante rebelde argentino cubano, Córdova no dejó el país sin antes hacer una de las suyas.
En una entrevista al coronel boliviano Mario Vargas Salinas, a mediados de 1995, obtuvo el dato del lugar donde los restos del Che Guevara fueron enterrados furtivamente entre el 9 y 10 de octubre de 1967 en el aeródromo de Vallegrande, sudeste boliviano.
En julio de 1997 antropólogos cubanos y argentinos encontraron la tumba del Che en medio de la pista de aterrizaje y los despojos mortales del ?guerrillero heroico? fueron depositados en el mausoleo cubano de Santa Clara.
En busca de rehabilitación y tierras bajas para contrarrestar la hipertensión que sufría, Córdova se radicó en Carolina del Norte, donde se sometió a una larga fisioterapia y paralelamente se mantuvo activo en la tecla.
Córdova, el periodista boliviano más conocido en la órbita internacional en la segunda mitad del siglo XX se inició en el oficio como periodista deportivo, en las audiciones del programa La Verdad desde la Cancha que, en cabeza del Mario Cucho Vargas, relató una de las mayores epopeyas del deporte boliviano, la conquista de la Copa América de fútbol en 1963. (ABI)
El periodista boliviano Eduardo Ted Córdova Claure, uno de los más reputados en la esfera internacional, falleció el martes en Estados Unidos, a los 79 años, por causas naturales, confirmó a la ABI vía electrónica su hijo Martín Córdova.
En el día del periodista boliviano, la muerte emboscó a Ted Córdova 16 años después de sufrir un accidente vásculo cerebral en La Paz, donde dirigió los periódicos Ultima Hora y La Quinta en el primer lustro de la década de los años 90.
Nieto de emigrante británico avecindado en Bolivia en las primeras décadas del siglo XX, Córdova nació en marzo de 1932 en el distrito minero de Catavi.
En su juventud temprana vivió en propia piel la resistencia minera a los regímenes de facto en Bolivia, de donde partió para estudiar periodismo y economía en la Universidad de Chile, para cuya plantilla de la primera división de fútbol jugó en la década de los 50.
Políglota, al final de ese decenio embarcado ya en la aventura de su vida, el periodismo, fundó, junto al periodista argentino Jorge Ricardo Masseti y entre otros el colombiano Gabriel García Márquez la Agencia Prensa Latina, en 1959, para la que trabajó como corresponsal acreditado en Naciones Unidas.
En medio, trabajó para el diario argentino Opinión, una leyenda en el periodismo de ese país.
Antes de volver a Bolivia, Córdova escribió su primera novela Cita Tierra Coraje, en base de sus remembranzas del andino yacimiento minero de Catavi.
Córdova volvió Bolivia aprincipios de la década de los años 60 y al amanecer del decenio siguiente colaboró en el equipo de prensa del presidente Juan José Torres hasta el 21 de agosto de 1971, cuando el militar progresista fue derrocado en medio de un cruento golpe de Estado que encabezó su camarada Hugo Banzer.
Con heridas por bala en el cuerpo, Córdova alcanzó, junto a otros bolivianos perseguidos por sus ideas políticas, la Embajada de Venezuela en La Paz, cuyas autoridades le franquearon la salida de la entonces convulsa La Paz.
En Caracas, donde dirigió la sección internacional del diario Universal, echó raíces y procreó a dos de sus tres hijos, Eduardo, también periodista, y Martín, informático.
En Caracas escribió su primera obra periodística, Testigo de la Crisis sobre el comienzo de los 7 años del gobierno de mano de hierro de Banzer.
Su gusto por la buena mesa lo puso en el primer trance de su vida, una embolia que en el eclipse de la década de los 70 disparó su propensión a la presión arterial alta.
Tras recuperarse por completo de la enfermedad, escribió un libro atípico en un corresponsal de prensa internacional consumado, Adiós al Sibaritismo.
De vuelta otra vez en Bolivia, al principiar los 90, contactado por el empresario minero Mario Mercado Vaca Guzmán, dirigió el matutino Ultima Hora y fundó el vespertino La Quinta, un diario desenfadado que inauguró una nueva era en el periodismo boliviano que nadaba a contracorriente en las aguas de una sociedad pacata.
En La Paz no dejó de editar VIP, una cartilla de análisis de la política internacional, materia en la que se convirtió en experto.
Hacia setiembre de 1995, un ataque de presión arterial lo sorprendió en su casa de Ovejuyo, donde vivía con su esposa irlandesa Mary Boiland e hija Fionna, que este martes le vio morir.
Autor del mito periodístico la ?Venganza del Che?, o la suerte trágica que corrieron después del 8 de octubre de 1967 los que dieron muerte al comandante rebelde argentino cubano, Córdova no dejó el país sin antes hacer una de las suyas.
En una entrevista al coronel boliviano Mario Vargas Salinas, a mediados de 1995, obtuvo el dato del lugar donde los restos del Che Guevara fueron enterrados furtivamente entre el 9 y 10 de octubre de 1967 en el aeródromo de Vallegrande, sudeste boliviano.
En julio de 1997 antropólogos cubanos y argentinos encontraron la tumba del Che en medio de la pista de aterrizaje y los despojos mortales del ?guerrillero heroico? fueron depositados en el mausoleo cubano de Santa Clara.
En busca de rehabilitación y tierras bajas para contrarrestar la hipertensión que sufría, Córdova se radicó en Carolina del Norte, donde se sometió a una larga fisioterapia y paralelamente se mantuvo activo en la tecla.
Córdova, el periodista boliviano más conocido en la órbita internacional en la segunda mitad del siglo XX se inició en el oficio como periodista deportivo, en las audiciones del programa La Verdad desde la Cancha que, en cabeza del Mario Cucho Vargas, relató una de las mayores epopeyas del deporte boliviano, la conquista de la Copa América de fútbol en 1963. (ABI)
miércoles, 13 de abril de 2011
Indecisión
Tendré que continuar tomándome cafés con leche. Desde hace varias semanas, siento frustración en la mañana y realización en la noche. No sé cuál pesa más, si la impotencia de verme "puenteada" todos los días y presionada por los de arriba y los de abajo o la satisfacción de estar en esta sala de redacción, escribiendo, que es lo que me gusta hacer.
Creo que llega un momento en la vida en que uno necesita sentirse bien y en el que te parece que nada de lo que pasa es tan importante como para amargarte los días. Un momento en el que las decisiones se toman fácilmente y, cuando no es así, te desesperas, te inmovilizas. Me siento un poco así. Hay días en los que el desgano triunfa, en los que pienso, "bueno, hasta aquí llegamos, esto me supera" y luego cambio, digo "pero está bien no más, tengo la mañana para hacer algunas cosas, no estoy tan consumida por el trabajo".
Y esta situación de incertidumbre no puede seguir. Si me quedo aquí estudiaré para chef en las mañanas. O guitarra, o canto, cualquier cosa. Si me voy, será a un lugar un poco menos hostil o por lo menos, mejor remunerado.
Mientras tanto, café con leche. La otra decisión ya fue asumida. Y esito sería.
Creo que llega un momento en la vida en que uno necesita sentirse bien y en el que te parece que nada de lo que pasa es tan importante como para amargarte los días. Un momento en el que las decisiones se toman fácilmente y, cuando no es así, te desesperas, te inmovilizas. Me siento un poco así. Hay días en los que el desgano triunfa, en los que pienso, "bueno, hasta aquí llegamos, esto me supera" y luego cambio, digo "pero está bien no más, tengo la mañana para hacer algunas cosas, no estoy tan consumida por el trabajo".
Y esta situación de incertidumbre no puede seguir. Si me quedo aquí estudiaré para chef en las mañanas. O guitarra, o canto, cualquier cosa. Si me voy, será a un lugar un poco menos hostil o por lo menos, mejor remunerado.
Mientras tanto, café con leche. La otra decisión ya fue asumida. Y esito sería.
lunes, 17 de enero de 2011
Felicidades, querido hermano
¿Qué eres para nosotros?
Un fabuloso TIO. Un gran HERMANO. Un buen HOMBRE. Un excelente AMIGO. Un COMPAÑERO de CAMINO. SABIO e INDEPENDIENTE. SALVADOR de vidas. Y de huesos y corazones ROTOS.
Por todo eso te deseamos MIL FELICIDADES en tu cumpleaños.
Tu hermana y sobrinos Melendres Otero.
sábado, 15 de enero de 2011
Más vale prevenir
Y bueno, para que ustedes no piensen también que soy la tía del lunar en la nariz,
De todo corazón, con esta foto de Sonia Castro, que me encantó.
De todo corazón, con esta foto de Sonia Castro, que me encantó.
viernes, 14 de enero de 2011
Yo no sé mañana
Y bueno, sí, la indemnización sirve, es un dinero inesperado que agradezco. Y sí, sé que conseguiré trabajo pronto, que no debo preocuparme, que hay que tener paciencia y muchas otras cosas que a esta altura se han convertido en verdades de perogrullo que no sacan de mi ánimo esta sensación de descontrol.Yo no me había percatado hasta que le conté lo que pasó a una de mis mejores amigas. "Oye, tus diciembres son desastrosos", me dijo y, después de pensar un poco, estoy convencida que mis últimos diciembres han sido francamente malos. El ocho de diciembre desperté de un sueño medio extraño, algo así como un presentimiento. Cuando llegué a mi oficina, estaba esperándome mi memorandum de despido. Fue todo tan intempestivo, que lo único que logré hacer, en medio de la confusión, fue firmar el memorándum. Bendita la hora en que lo hice, porque cuando se dieron cuenta de lo que habían hecho ya era muy tarde, yo ya había ido a que me dijeran cuánto era lo del finiquito, había asumido mi destitución, había hablado con el directorio, es decir, había recorrido un camino sin retorno.
Haciendo planes para un viaje al exterior, tomándome el tiempo para terminar de descansar lo acumulado el 2009 -sí, retroactivamente- y aprovechando para enseñarles inglés a mis enanos, intenté pasar el tiempo.
Tenía el propósito de escribir aquí lo bueno y el balance del año que pasó, pero ese plan fue cruzado por otro mejor: tomarme un vinito sola y escribir lo que se me ocurra. Total, por este pobre blog ya no se debe asomar ni mi marido.
No hubo mucho espíritu navideño por estos lares. Me rebelé en redondo a hacer la consabida picana, así que probé con otra receta que resultó un fiasco, como muchas otras cosas este último tiempo. Es que tenía todo, menos carbohidratos, es decir, papa, arroz, o fideo.
El 25 llegó el pelotón Melendres a mi casa. Me apena mucho que lleguen justo cuando estoy desanimada, cuando lo que menos quiero es estar de anfitriona y lo malo es que cuando no quiero, no quiero no más y soy la persona más aburrida que existe. Otra vez, desperdicíé la oportunidad de mostrarles mis cuadernos a mis sobrinas, de hacerlas mis cómplices, mis cuatas. Las dejé a su suerte y deben pensar que soy la tía mala, la del lunar en la nariz, el precio que deben pagar por venir a La Paz por unos días.
El domingo 26 fuimos todos a Copacabana pero mejor ni hablar del gasolinazo, así que paso de largo. El 31 de diciembre perdí mi celular. Había despotricado tanto contra el pobre blanquito que decidió abandonarme. Yo no contaba con que se iba a llevar toda mi agenda telefónica, así que me quedé desconectada del mundo. Por favor, mándenme por correo sus celulares para que pueda llamarlos y desearles feliz año nuevo, aunque sea en San Juan.
En la fiesta de año nuevo la pasamos bien, conocimos a otra pareja a la que le juramos amor eterno y hasta ahora no llamamos.
Hace unos días celebramos el cumpleaños de Chalinet, que estrenó nuevo corte de pelo igual que Abril, que quedó preciosa. Quise subir las fotos para compartirlas, pero resulta que presté mi cámara y me la devolvieron sin el cable USB, jurando por todos los santos que no, que no estaba cuando la presté. Así que tendré que esperar a tener los 33 dólares que cuesta el cable para poder subir las fotos.
Y claro, sí, compré otro celular, uno chino, por la tele y los dos chips, pero resulta que nunca lo pude cargar y cuando fui a devolverlo, el chico de la tienda mojó con su saliva su dedo índice, lo pasó por el contacto con la batería y el celular funcionó, así que me volví con él a la casa. Mi saliva debe ser de menor calidad, porque ni con ella quiere andar el desgraciado.
Entre año nuevo y hoy, me prometí como veinticinco mil veces que empezaría el año nuevo. Que elaboraría mi nuevo cuaderno, que me pondría las pilas, que arrancaría. Pero, después del pelotón Melendres, llegó la terre Camila, mi preciosa, y esperábamos iniciar los festejos a Sergei, plan que al final también se frustró. Ahora estoy esperando al Caballero, para ver si nos animamos a ir con Sergei, con Sammy o a la velada de la Kullaguada.
Al fin de cuentas, como dice el subtítulo de este blog, mi vida es lo que sucede mientras yo hago otros planes. No sé si tú, no sé si yo, seguiremos siendo como hoy, para qué pensar y suponer, no preguntes cosas que no sé, no sé dónde vamos a parar, para qué jurar y prometer algo que no está en nuestro poder, no me pidas algo que es del tiempo. Yo no sé mañana, si estaremos juntos, si se acaba el mundo, no sé si soy para ti, si serás para mí, si lleguemos a amarnos o a odiarnos, yo no sé mañana quién va a estar aquí. Yo no sé mañana, la nueva cancioncita que signará mi enero. Creo que mejor me acabo el vino aquí y me sigo deprimiendo rico. Esta vida es una ruleta que gira sin parar, yo no sé cómo será el final, puede ser peor o mejor, dejemos que el corazón decida, estamos solos tú y yo y los momentos hay que vivirlos.
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