martes, 14 de julio de 2009

¡Qué ganas!

Qué ganas de gritarle Hijo de puta. Qué ganas de saber si trajo su testamento bajo el brazo. Qué ganas de agarrarlo del cuello y zarandearlo hasta que me diga dónde está Marcelo! Qué ganas de llorar, llorar y llorar. De mirarlo a los ojos y preguntar cómo un ser humano pudo hacer tanto daño, matar impunemente, asesinar, perseguir y torturar a nuestros hermanos!


Y también qué pena, pena porque la vida siempre nos gana, ella se cobra sola nuestras deudas. Lo que aquí se hizo aquí se paga, no hay más. Mirarlo de frente, ahí cerquita, y entender que soy testigo privilegiado de la historia. Que mi espíritu y el respeto por mis hijos me obliga a callar. A no recriminar. A encargarme de que no sea expuesto como un cordero, a respetar su dignidad, a pesar de todo. A darle un trato digno, "aquel que él no dio a las personas a las que asesinó".



Lo miro frente a mí acabado. El busca los ojos de alguien, extraviado y enfermo. Yo sólo atino a pasarle la cámara al Caballero y, por un segundo, apenas uno, me encuentro en sus ojos. Desvío la mirada, porque, a veces, el desprecio no se puede ocultar. Cierro los ojos y me imagino a mi padre, cubierto por una frazada con la que los paramilitares intentan ocultar que se encuentra ensangrentado. Como una ráfaga pasa por mi mente la fría madrugada en que mi padre vino a mi casa y me rodeó en un abrazo con las dos muñecas esposadas. Veo sus lágrimas y recuerdo las mías. Recuerdo el miedo de mi madre. El miedo a quedarse viuda, el miedo de no saber a ciencia cierta si volveríamos a ver a ese hombre que, desde entonces, fue un gigante para mí.
Pasó un año hasta el reencuentro, un año fugaz que disfrutamos poco porque el destino nos deparaba el adiós definitivo.
Hoy miro a mis hijos y agradezco a la vida el haberles dado la oportunidad de tener un padre. De jugar con él y recordarlo diciéndoles "sapos", "amorozosos" con sus ojos enternecidos. La ausencia que tuve yo se la debo a ellos, a los paramilitares. Una ausencia parca, fría, espeluznante. Mi padre, Marcelo, Luis Espinal y muchos otros no tuvieron el privilegio de la vida. Ellos están muertos, Arce Gómez no.

6 comentarios:

Vania B. dijo...

Muy lindo post, Dani, lleno de sentimientos, de esos que se alborotan y se transforman de odio en pena, de impotencia en compasión. Complicado, no?

Un abrazo.

Moises dijo...

Los dictadores no pasarán Dani, aqui estamos para hacerles frente, una nueva muralla generacional en defensa de la vida ha nacido, se encuentra en nuestros genes. Los sacrificios pasados en pro de la democracia son nuestra consigna diaria, son nuestro valor.

Abrazos de la resistencia Dani.

P.D. Gracias por tus recuerdos, esa lección de historia que para otros fueron una lección de vida, grácias por compartir tus lágrimas. Gracias.

El Tincho dijo...

Que post tan fuerte. Estoy en pausa.

Como dice Moisés, aquí estamos. Los que aún nacimos bajo esas banderas manchadas, los que vimos la angustia de nuestros padres, los que tuvimos el privilegio de que se nos entregue un país en bandeja para vivirlo y llevarlo. A algún lado, llevarlo. ¡Qué responsabilidad!

Hay que mantener viva la memoria, porque el gran problema que siempre adolecen nuestros pueblos es que el mejor abogado de estos caraduras es el olvido. Es la primera vez que entro a tu blog y no será la última.

boris miranda dijo...

Gracias Dani, gracias en serio.
un abrazo.

Rebelde dijo...

Estamos contigo hasta la victoria final, Dani. No puedo más que acompañarte en la distancia y llorarte todas las lágrimas necesarias para que sepas que no estás sola.

Saludos Rebeldes

La Vero Vero dijo...

No olvidaremos ese jueves, no hermana?

Ni ese jueves ni antes porque, lo sabemos bien, nuestra memoria es el bien más preciado que tenemos, nuestro faro.

Abrazote