lunes, 18 de febrero de 2008

La lección de Yaya

Tenía más o menos la misma edad que yo y no éramos grandes amigas, pero sí compañeras de curso en el colegio. Antes de salir bachilleres, ella se fue al Franco Boliviano. Sin embargo, recuerdo algunas cosas de cuando estábamos juntas: sus grandes ojos café y su lacio pelo negro. La última vez que la vi fue en una reunión de curso, de esas nostálgicas, en las que, además de tomar unos tragos, terminas llorando por los tiempos idos. Si la memoria no me falla, allí nos comentó que había ido a estudiar a Argentina y acababa de volver al país.
Después de esa reunión, creo que nunca más volví a encontrarme con mis compañeras de colegio, salvo alguno que otro encuentro ocasional con ellas y largas charlas con la que es la única de las amigas con las que tengo contacto.
Después me fui a Santa Cruz por cuatro años. Supe de una reunión a la que yo no fui y nada más, hasta el 30 de diciembre de 2007.
Ese día, víspera del último día del año, mi mamá me preguntó si tenía una compañera que se llamaba Gabriela Oviedo. Le respondí que sí y mi mamá me entregó el periódico. Decenas de necrológicos. Sólo uno de ellos me convenció de lo que me parecía imposible: Adiós Yayita, decía.
Mi compañera, de menos de cuarenta años, había muerto de cáncer mamario.
No me animaba a ir al velorio, pero sabiendo cómo somos de ingratas las de mi promoción, me decidí, pensando que quizá nadie más iría. Encontré a cinco, todas conmovidas porque una experiencia tan trágica fuera lo que nos juntara.
Encontré amigas que no había visto desde hace veinte años y las vi a todas igualitas. Nos prometimos reencontrarnos el 18 de enero.
En el nuevo encuentro, para nuestra sorpresa, estábamos reunidas aproximadamente quince de las 47 que había en listas, y comenzamos a preguntarnos qué habrá sido de la vida de las que faltaban. Como era más productivo saber qué había sido de la vida de las que estábamos allí, empezamos a contarnos lo que hicimos desde que salimos del colegio.
Una buena parte relató que se había casado. La mayoría teníamos entre dos y tres hijos, salvo una, la más capa, que tenía cuatro. La mayor parte, también, había logrado acabar la universidad. Teníamos en común que nuestros maridos “eran buenos”, pero además que muchas trabajábamos, de alguna u otra manera, haciendo servicio. Aunque todas estábamos relativamente felices, había sombras, como en todo.
- Una había abandonado su casa apenas una semana después de salir del colegio, y tuvo que vérselas sola desde sus 17 años, a pesar de que era huérfana de madre desde primero o segundo intermedio.
- Otra había perdido a su hermana menor el 1 de enero de 2008, de una extraña enfermedad. Mi compañera de curso iba a hacerse cargo de las dos hijas que había dejado.
- Mi mejor amiga, ésa con la que digo que tuvimos largas charlas, también había perdido a su hermano, y yo ni siquiera me había enterado.
- Una había quedado inválida después de dar a luz y ahora estaba en plena recuperación.
- Y, finalmente, una de mis compañeras, hija única, como yo, había perdido de sopetón a su madre y un tiempo después a su esposo.
Y ahí estaba la gran lección de Yaya. La Dra. Gabriela Oviedo Carrasco de Laredo nos decía, desde donde está, que sin importar si nos fue bien o mal e independientemente de que nos sintamos tristes, felices o anodinas, una sola cosa era evidente: No estábamos solas.

2 comentarios:

CAPSULA DEL TIEMPO dijo...

Eso es lo que menos hay que perder en la vida: los amigos.

Qué joda eso del cáncer. Pasan los años y uno tiene que cuidarse cada vez más no?

Te dejo un abrazote.

Daniela Otero dijo...

Querida Cápsula:
Uno no da mucho crédito a eso de las campañas de concientización pero al final te das cuenta de que es fácil prevenir o tratar a tiempo estas cosas. En realidad, aunque esto es un lugar común, creo que todas perdemos de vista lo importante por atender lo urgente.
Pero también creo que el Estado, y los centros de salud, deberían exigir hacer los exámenes, así como exigen los certificados de vacunas para los niños. Sería mucho más efectivo que los millones de dólares que se gastan en campañas mediáticas, no?
Un abrazo.